martes, 1 de junio de 2010

Entre las brumas

Llega ahora a mis manos una muy elaborada y generosa reseña de Las huellas erradas publicada en la revista de humanidades biTARTE.

Entre las brumas
Eduardo Iriarte ganó con Las huellas erradas el III Premio Logroño de Novela. Más que merecidamente, con toda seguridad. Se trata de un texto maduro, exacto en la elección de las secuencias así en la de un léxico muy ajustado al ambiente rural en que transcurre la acción. Pero lo más destacable es la atmósfera que baña a los personajes tanto interior como exteriormente. Se trata un aire en el que parecen haber desaparecido el tiempo y el espacio. Y casi la individualidad. Hay dos novelas, por lo menos, en las que se utiliza de manera muy inteligente la borrosidad física, ambiental. Una es El fuego (1916), de Barbusse, y la otra, Blancos y Negros (1899), de Arturo Campión.
En la primera el autor francés organiza un episodio en torno al barro. Sucede durante uno de los infinitos días de trincheras de la Primera Guerra Mundial. Lleva un montón de tiempo lloviendo y todo se vuelve gris, las trincheras, la tierra de nadie y, sobre todo, los uniformes. De pronto nadie sabe a qué bando pertenece, el barro unifica a los contendientes impidiendo que disparen, no vayan a hacerlo entre sí.
En la novela de Campión, la lluvia y la niebla se enseñorean del pueblón de Urgain: «Llueve, llueve, llueve. Quince días de lluvia incesante, inagotable, irrestañable […] El paisaje, materialmente diluido en la acuosa atmósfera lograba, a duras penas, salvar de aquel emborronamiento algunos rasgos». El párrafo citado se encuentra en el comienzo de la novela. Campión quiere que al borrarse todo, el paisaje, las calles, se borren también las diferencias entre blancos y negros, es decir, entre los contendientes que acaban de enfrentarse en la segunda guerra carlista. Y todo para que parezca que hay paz y puedan aflorar unos sentimientos distintos, más fraternales. Sólo que al igual que lo que ocurrirá en las trincheras del norte, el barro, la lluvia y la niebla serán efímeros, y el conflicto que parecía suspendido rebrotará con su cortejo de muerte.

Pues bien, en Las huellas erradas de Eduardo Iriarte ocurre algo parecido. La borrosidad se asienta en la novela desde el comienzo. Simón, el protagonista, tiene dificultades no sólo para encontrar la tumba de su amigo Andrés en el cementerio del pueblo de Escarza sino que también le cuesta lo suyo encontrar el propio pueblo y el cementerio. El segundo párrafo de la novela no puede resultar más elocuente: «Le había llevado el día entero hacerse una composición de lugar y orientarse entre los caseríos desperdigados y el denso cogollo de casas que formaba el pueblo en sí.
El cementerio estaba alejado, al abrigo de una colina que ningún camino Le había llevado el día entero hacerse una composición de lugar y orientarse entre los caseríos desperdigados y el denso cogollo de casas que formaba el pueblo en sí. El cementerio estaba alejado, al abrigo de una colina que ningún camino sorteaba, como si hubiera una intención palmaria de dificultar la llegada hasta allí, quizá por miedo a que el trayecto resultara demasiado accesible. Los chopos rodeaban el recinto como un refuerzo del muro que lo delimitaba. Las siluetas espigadas proyectaban las últimas sombras del día contra el enlucido áspero y agrietado. Algo más allá, las aguas del río formaban un remanso que guardaba respetuoso silencio allí donde descansaban los antepasados y añoraban sus huesos el frescor de la corriente.»
Muy pronto descubriremos que hay dos clases de brumas. Por un lado, están las del pueblo de Escarza, una niebla geográfica que oculta la borrosidad moral de sus habitantes. Por otro lado está el mundo borroso en el que vive Simón, el protagonista. Simón ha emprendido el viaje hacia el pueblo de Escarza para encontrarse con su amigo Andrés, con quien ha vivido la misma guerra que noveló Arturo Campión, pero en su caminar va mezclando el hoy con el ayer, los recuerdos con la realidad. Simón habita en una especie de sopa o niebla temporal que va a chocar con el velo no menos espero con que le acogerá el lugar de Escarza. En primera instancia, todo parece indicar que las sombras que gravitan sobre escarza lo hacen para ocultar con su manto un comprensible rechazo a la guerra recién acabada, como hicieron los habitantes de Urgain en la novela de Campión.
Ocurre como si nadie quisiera recordar que hubo dos bandos enfrentados a muerte. Y eso no puede extrañarle mucho a un Simón que busca lo mismo, olvidar, no en balde desertó con Andrés mientras luchaban contra unos carlistas en plena desbandada. Las sombras que lleva dentro el propio Simón pretenderían, pues, ocultar, también en primera instancia, unos hechos muy dolorosos de los que tuve que salirse. En un más difícil todavía, la guerra había vuelto indistinguibles los uniformes pero no ya debido a una suerte de barro primigenio que reduciría a sus orígenes a los contendientes, como imaginó Barbusse, sino por culpa de los atropellos intercambiables y, por consiguiente, indignos y rechazables.

Una vez en Escarza, Simón se da cuenta, sin embargo, de que sus gentes no sólo han tendido una posible cortina de humo sobre los acontecimientos de la guerra sino que, en realidad, la están tendiendo sobre lo que rodeó al regreso de su amigo Andrés. Y lo sabe porque nadie quiere hablar del tema, todos lo evitan. Finalmente, el cura le contará que Andrés murió en unas circunstancias tan banales que mejor es no removerlas. Con ello, el cura no consigue sino acicatear la curiosidad de Simón. Tal vez porque se siente un poco Andrés, no en balde la niebla que Simón lleva dentro acaba por indiferenciar no sólo el presente y el pasado, los distintos hechos y lugares, sino incluso a las personas entre sí.
Y será esa pesquisa la que lleve, de rebote, a despejar la bruma que le habita y en la que lleva inmerso desde el final de la guerra. Buscando a Andrés, Simón se irá encontrando a sí mismo. Con una pega, conforme vaya descorriendo la doble cortina de humo se verá confrontado a la fuerza de todo un pueblo que sólo quiere que todo quede tapado a fin de tranquilizar su conciencia y evitar responsabilidades.

Eduardo Iriarte ha construido un relato espléndido sobre una base que parece puramente meteorológica. Al principio es la niebla. Una niebla que envuelve el pueblo de Escarza y también a Simón y al pastor Eugenio, un personaje ligado a la peripecia central que también se metió en la niebla para huir de la realidad y acogerse a la sombra protectora de sus deseos. Luego, la niebla se disipará con resultados trágicos. Entretanto y a lo largo del proceso irán apareciendo una serie de hitos sangrientos, una cadena hecha de elementos dispares que tienen que ver directamente con la realidad, por oposición al universo de la niebla y de las sombras, del ocultamiento.
El primer eslabón de la cadena lo constituye el cuerpecillo de la niña ensangrentada como consecuencia de un disparo durante una escaramuza de guerra. Le sigue un segundo hito, el de la gallina que degüella la cecina de Escarza con quien primero se entrevista Simón y que remite, por sus cualidades plásticas, a la niña ensangrentada. La cadena continúa con la paloma, a la que el pastor Eugenio arranca la cabeza, y con la perra a la que también mata el pastor para evitar, en ambos casos, que el cura, y con él el pueblo, hurguen en sus sombras. Unas sombras en las que también hay una oveja preñada que desaparece y un feto humano muerto.
Pero al mismo tiempo que esos hechos sangrientos sirven para mostrar la realidad que se oculta debajo de la sombra, sirven, al remontarlos a la secuencia cronológica real –no en la que se presenta al albur de la memoria--, para que Simón y Eugenio busquen una expiación por anticipado, ya sea a través de la niña ensangrentada, en el caso de Simón, ya a través del nasciturus —y de quien lo llevaba en su seno— por lo que se refiere a Eugenio. Destinos oscuros en un mundo oscuro cuidadosa y rigurosamente pintado por Eduardo Iriarte. Tragedia rural en una época y un medio no cabe más oscurantistas. No en vano se trata de la España de finales del XIX.
Elena Abaurrea Oroz
biTARTE
Revista de humanidades, abril de 2010

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