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miércoles, 20 de marzo de 2013

La bruma de la adolescencia

Ya falta menos para ayer o la bruma de la adolescencia.
Una reseña de Mercè Sàrrias para "Núvol, el digital de cultura".


La adolescencia es para muchos una experiencia de adentrarse en la bruma espesa de los sentimientos no expresados, de las relaciones complicadas y las dobles vidas, de cosas que no se ceuntan y de experimentación con el peligro. Una edad convulsa y confusa, de autodefinición y de inseguridad, donde somos más débiles y más fuertesnos creemos. Como mínimo, lo fue para muchos que la vivimos en los años ochenta, pero creo también lo es para los de otras generaciones, algumas más o menos tocadas por la droga, otras más politizadas, y estas últimas, definitivamente más protegidas pero igual de divagantes.
Una época en la que se trazan los límites de lo que será uno después y donde también se rompen trayectorias de una vez por todas. Tiempos en los que parece que el azar juegue una carta muy importante, aunque después, tal vez, nos paremos a pensar y decidamos que todo tiene una cierta lógica que venía de lejos, de todos estos años cuando aún no eran adolescentes, que nos empujaron poco a poco disimuladamente en aquella dirección.
Es en esta bruma de la adolescencia donde se adrenta Eduardo Iriarte...
[Seguir leyendo... http://www.nuvol.com/critica/ya-falta-menos-para-ayer-o-la-boira-de-ladolescencia/]

miércoles, 6 de marzo de 2013

Pamplona revisitada

Eduardo Iriarte revisita la Pamplona de los años 80 en su novela "más personal"

El escritor navarro apuesta por una visión nada tópica de los Sanfermines

Drogas, terrorismo y represión se dan cita en esta historia publicada en formato digital en Libros del Arga.
Ana Oliveira Lizarribar
Diario de Noticias


La mañana del 14 de julio de 1985 apareció a los pies del mirador de la Media Luna el cadáver de la joven de 15 años Clara Esparza. Treinta años después, Dimas, su hermano, vuelve a Pamplona para rastrear los últimos días de su hermana y averiguar qué ocurrió en realidad durante aquellas fiestas de San Fermín que acabaron en tragedia. Este es el planteamiento de Ya falta menos para ayer, la novela "más personal" del escritor navarro Eduardo Iriarte, que, con la excusa argumental de resolver un misterio del pasado, retrata una ciudad convulsa marcada por la droga, la violencia terrorista y la represión policial.
El libro salió a la venta el pasado lunes en formato digital a través del sello Libros del Arga, creado entre Iriarte y un grupo de colaboradores para editar online todas las novelas que ha publicado hasta la fecha en editoriales convencionales, dominando, así, todo el proceso. Precisamente, la posibilidad de controlar todos los detalles ha sido una de las razones por las que el escritor pamplonés ha editado Ya falta menos para ayer directamente de este modo. "No es un libro autobiográfico, pero sí muy personal, así que quería hacerlo todo exactamente como lo había pensado", dice. Además, junto a la novela, el autor ha creado un blog en el que irá introduciendo fotografías de aquellos Sanfermines o de temas relacionados con el argumento, y pronto colgará en Spotify las canciones que van apareciendo en el relato y que en algunos casos juegan "un papel decisivo en la resolución de la trama".

Tiempo de violencia
Esta historia nace, pues, envuelta en muchos elementos que demuestran la necesidad que tenía Iriarte de hablar de aquellos años.
[Seguir leyendo... http://www.noticiasdenavarra.com/2013/03/06/ocio-y-cultura/cultura/eduardo-iriarte-revisita-la-pamplona-de-los-anos-80-en-su-novela-mas-personal]

sábado, 2 de marzo de 2013

Allá vamos...



Ya falta menos para ayer es una novela generacional en clave de misterio que transcurre durante los Sanfermines.

El 1 de enero activamos el blog de la novela.

El 2 de febrero presentamos el perfil en Facebook de Libros del Arga.

Hoy 3 de marzo sale a la venta.

Reservamos otras sorpresas para los próximos meses…

Felices lecturas.

Ya falta menos para ayer está disponible en Amazon, Smashwords y otras plataformas digitales.

sábado, 2 de febrero de 2013

2 de febrero


En vísperas

La nueva novela de Eduardo Iriarte, Ya falta menos para ayer, se publicará en Libros del Arga el próximo 3 de marzo. El pasado 1 de enero, se activó el blog de la novela y hoy, 2 de febrero, el autor nos habla de este nuevo texto, empezando por su paradójico título.
—Ya falta menos para ayer es ante todo una novela generacional. Transcurre a caballo entre 1985 y la actualidad, y es por tanto un ejercicio de memoria, un salto sin red al pasado, un constante regreso a lo que el protagonista y narrador cree que ocurrió pero, paulatinamente, va descubriendo que no ocurrió, o no ocurrió como él llevaba años creyendo.

—Se habla en esta novela del recuerdo como laberinto, casi como trampa.
—Sí, y también del recuerdo como mentira piadosa para intentar que cicatricen las heridas propias de la juventud.
De todas maneras, lo que me interesaba era explorar el recuerdo como herramienta, experimentar, como experimenta el narrador, esa sensación de redescubrimiento de un lugar y una época. Cuando uno se ausenta durante mucho tiempo y luego vuelve, la riqueza de detalle que encuentra es pasmosa.
Quería que el lector tuviera, a través de los ojos del narrador, esa mirada de quien es forastero y autóctono al mismo tiempo. Y, puesto que es una novela de regreso a las raíces, una novela de crisis, quería que el lector padeciera esa incertidumbre que caracteriza la búsqueda de un personaje desubicado.

—Por edad y procedencia, las similitudes entre el protagonista y el autor son evidentes. ¿Estamos ante una novela autobiográfica?
—Creo que un autor debe recurrir a la experiencia propia y dotarla de significado con el fin, o al menos con la esperanza, de que sirva de algo al lector. Dicho esto, me parece que, si bien he recurrido a experiencias personales de mi primera juventud, no se puede hablar de un texto autobiográfico por lo que a los hechos se refiere. Mi familia, por fortuna, tiene poco que ver con la que aparece en la novela, como tampoco guardan mucho parecido las amistades que tenía en Pamplona en aquellos tiempos. En Ya falta menos para ayer se habla de los temas que me obsesionan y afloran en mis novelas: la vuelta a casa, o mejor dicho, la imposibilidad de volver, la culpa, la regeneración o la expiación de los errores cometidos, pero eso no quiere decir que los acontecimientos de la trama coincidan en absoluto con mis vivencias.
Lo que sí he procurado reflejar es el ambiente de la ciudad, los factores que influyeron en nuestra educación y nuestra manera de ser, he intentado plasmar la experiencia de ser un «chaval» en la Pamplona de aquellos años; he querido, en suma, hacer un homenaje a una época y una generación que, de resultas de la droga, la depresión u otras lacras, dejó a muchos en la cuneta.
De todos modos, en palabras Jonathan Franzen: «Las únicas páginas que merece la pena conservar son aquellas que te muestran como eres».

—La ciudad, Pamplona, tiene tanto peso en la novela que no es un telón de fondo sino que deviene un personaje más.
—Cierto. Pamplona en pleno apogeo, durante los Sanfermines. En esta historia, la ubicación se convierte en una parte activa tanto en el crimen como en su resolución, y en el transcurso de la trama se van revelando sus enigmas e idiosincrasias.
La elección de los Sanfermines como momento en que transcurre la narración no es fortuita. Estas fiestas son una de las experiencias más intensas que puede vivir un joven, y suponen además un vínculo que permite entrar en contacto a todos los personajes de la novela. De todos modos, he procurado dar una imagen de los Sanfermines alejada por completo de los tópicos, ofreciendo una visión de las fiestas desde sus márgenes, una opción que tal vez algunos no compartan. Pero es precisamente la diversidad lo que hace de los Sanfermines unas grandes fiestas.
—Hemingway ya hizo un retrato icónico de los Sanfermines en Fiesta.
—Sí. Es imposible profundizar en los Sanfermines sin hacer referencia a Hemingway porque ayudó a conformar la imagen que tenemos de ese acontecimiento. Pero Fiesta está a punto de cumplir un siglo, y al releerla sentí la necesidad de darle réplica, de hacer una revisión, una puesta al día que desterrara viejos tópicos o, por ejemplo, relegara la tauromaquia al lugar que ocupa en la verdadera vivencia de las fiestas para mi generación y las posteriores.
—Aunque Ya falta menos para ayer es una novela más «abierta», por así decirlo, que otras anteriores, se observa esa voluntad de estilo que caracteriza su escritura. Aparte del mencionado Hemingway, ¿qué más autores han influido en esta novela?
—No sé si el estilo de Hemingway ha impregnado esta novela. Supongo que siguen persiguiéndome las influencias de siempre: Ian McEwan, por ejemplo, Javier Marías o John Banville. Lo que sí tenía claro desde el principio era que quería aplicar la seriedad, la rigurosidad de la escritura británica a un tema y un escenario tan eminentemente navarros; quería adoptar una actitud respetuosa, alejada del tono burlón, a veces incluso paródico, con que muchas veces se abordan estas fiestas.

—¿Tiene que ver el tratamiento que ha hecho del problema vasco con ese afán de rigurosidad?
—Imagino que sí. Eso no fue una elección. Sencillamente vi sobre la marcha que no se podía hacer un fresco exhaustivo de Pamplona en los años ochenta sin ahondar en temas como el terrorismo, la represión y las consecuencias que ese clima tuvo a nivel personal en todos aquellos que lo vivieron.

—El protagonista llega a decir, refiriéndose a la situación política de aquellos tiempos: «Yo tomé parte activa en esa pasividad». ¿No es una confesión un tanto extrema?
Al llegar a cierto punto de la trama, vi el peso que tenía la culpa, en este caso colectiva, en los distintos personajes. Ya falta menos para ayer es una novela sobre la violencia, sobre la crueldad, ya sea en la familia, en la fiesta o en la calle, una novela sobre cómo una generación se las ingenió, con mejor o peor suerte, para asimilar esa violencia, hacerla propia y sobrellevarla.

—Cambiando de tercio, llama la atención que haya optado por publicar esta novela en formato digital.
—Esa decisión la he tomado por dos motivos esenciales. En primer lugar, puesto que se trata de una novela muy personal, y, por qué no decirlo, muy delicada, quería tener un control absoluto sobre ella: sobre el diseño y la manera de presentarla, sobre su «imagen pública», cosa que a veces no es fácil de conseguir en el seno de una editorial.
De ahí que haya surgido Libros del Arga, un sello para publicar novelas en formato digital.
Por otra parte, si con novelas anteriores aspiraba a llegar a una minoría formada sobre todo por otros escritores, con ésta lo que quiero es llegar a cuantos más lectores mejor, llegar allí donde estén, cosa que, hoy en día, es mucho más sencilla y sobre todo barata a través de la red. Además, quería dotar la novela de un soporte digital, aportando imágenes complementarias en una web y dotándola de una banda sonora para que el lector tenga una experiencia lo más parecida al recuerdo tal como lo vive el narrador, y pueda sumergirse así por completo en la trama, en ese regreso al pasado que es Ya falta menos para ayer.

         Más información en
Fotografía © Víctor P. de Óbanos
 

martes, 1 de enero de 2013

1 de enero


                                       Ya falta menos para ayer

sábado, 24 de noviembre de 2012

Nueva Cosecha Roja

Acaba de publicarse en RBA una nueva traducción de Cosecha roja, novela fundacional del género negro. La palabra "imprescindible" se utiliza muy alegremente al hablar de libros y recomendarlos, pero en este caso creo que es pertinente: nadie que se considere aficionado a este género puede pasar por alto la que a mi juicio es la obra cumbre de Hammett; nadie que aspire a escribir una novela negra puede hacerlo sin haber diseccionado antes Cosecha Roja.

martes, 29 de mayo de 2012

En ausencia de Aroha

"En ausencia de Aroha",
un relato publicado en la antología
Paraguas para el diluvio
Paralelo Sur, 2012


Aunque es Aroha la que casi aparece en la imagen, no es una fotografía solo de ella, sino también de sí mismo. La instantánea no es una fijación en el tiempo de quien fue su pareja, sino de lo que sintió él en aquel preciso instante, de lo que —con mayor o menor intensidad, dependiendo de su estado de ánimo, o del tiempo transcurrido desde que la miró por última vez— siente cada vez que la contempla, siempre fijamente, siempre adentrándose poco a poco en la escena, casi imperceptiblemente, como si su mera fuerza de voluntad fuese a permitirle cambiar la fotografía, y como resultado alterar aquel paseo, aquel día, aquel momento, y por ende trastocar su vida entera a partir del punto de inflexión, el momento exacto, el instante crítico.

Para imaginar lo que siente cada vez que mira la imagen, o incluso cada vez que la ve sin necesidad de mirarla, porque la tiene grabada en la memoria con una nitidez que a veces desdibuja la realidad misma, hay que saber lo que refleja la imagen impresa, pues la tiene impresa en infinidad de copias de diferente tamaño, textura y grano, todas guardadas, eso sí, en el mismo cajón, del que a veces salen, siempre de una en una, por separado, para luego regresar, más vistas, inspeccionadas de nuevo, imperceptiblemente más desgastadas por su mirada.

Para hacerse una idea siquiera remota de lo que nota él en las entrañas cada vez que se asoma a esa fotografía en cualquiera de sus variantes hay que intentar representarse esa imagen que nadie nunca verá; nadie salvo él. A sus ojos, y a los ojos de nadie salvo los suyos propios, esa instantánea es la imagen apenas viva de una ausencia. Es un retrato, de eso no cabe duda, porque Aroha está; velada, fuera de foco, presente apenas, pero está. El centro de la imagen, lo que de verdad se ve —o se vería, si alguien aparte de él tuviera acceso a la foto— lo ocupa la parte superior de la muralla de una fortaleza medieval que huye hacia el punto de fuga de una almena medio derruida. Puesto que la foto está tomada desde la muralla misma, no se alcanza a ver el otro extremo, el punto de partida de las almenas que alguna vez coronaron la antigua construcción hace mucho tiempo ya derrumbada, y luego reconstruida, y luego precariamente preservada. El estrecho corredor que bordea la muralla se ve —o se vería, si alguien, quien fuera, tuviera acceso a la foto— desocupado, violentamente vacío. Eso no es más que el efecto que causa en su mirada incasable —la única que se ha posado o llegará a posarse sobre esa imagen— la figura que acaba de salir de cuadro por entre los dientes mellados de la muralla para no volver a entrar. Al fondo se ve un cielo sin nubes, pero tampoco azul, sino más bien de un gris indefinido, como las montañas que se esconden tímidas detrás de la fortaleza, pero eso no es más que atrezzo, burdo telón de fondo. Lo que de verdad atrae la mirada son unos mechones de pelo agitados por el viento casi inexistente provocado por el salto en el instante de darlo; el fantasma de una media sonrisa ausente en el momento preciso de ausentarse del todo; el roce de la ropa contra la piedra desbastada por el tiempo y la lluvia antes de oírse un silencio sorprendente en su placidez, como si ese silencio no encerrara más que calma, cuando en realidad alberga todo el caos que es capaz de imaginar. Porque además de ver a Aroha en su ausencia inminente y verse a sí mismo en su quietud, también la oye y se oye en aquel instante crítico que podría no haberlo sido, que aún podría cambiar si consiguiera —a fuerza de mirar la fotografía, de introducirse poco a poco en ella como en un tiempo y un espacio inalcanzables— alargar el brazo y sujetarla, o hacer cualquier otro gesto, por nimio que fuera, a fin de alterar lo que estaba siendo y abortar lo que acabó por ser, en aquel instante, y también después, y ahora, y por siempre más.

A veces le parece imposible que puedan verse tantas cosas mirando exactamente los mismos centímetros cuadrados de papel mate. La muralla en fuga, el cuerpo de Aroha a punto de huir igualmente, pero también aquel día, cerca del inicio de la primavera, el primero después de meses de hospitales y médicos y salas de espera; de operaciones y postoperatorios y convalecencias seguidas de más salas de espera: de perpetuación de la espera como fin en sí misma. Había conseguido sacarla de su encierro para ir a ver unas ruinas medievales a las afueras de la ciudad, un monumento que siempre había estado allí pero nunca se habían molestado en visitar juntos como paseantes despreocupados. Aquella mañana hubo conversaciones y sonrisas, muchas más de las que habían compartido en las últimas semanas, en los meses precedentes de inquietud e incertidumbre respecto de su salud. Comieron y rieron casi, y sobre todo observaron a los turistas, ajenos a su interés desmedido, entretenidos en menudencias que ellos no eran capaces de compartir.

Él recuerda así el último día, pero lo hace solo porque quiere, pues también podría recordar sus esfuerzos, desmedidos, desesperados, por espantar los silencios que se cernían sobre Aroha y la rodeaban como pájaros de mal agüero dispuestos a arrancarle los pensamientos a golpes de pico. Y podría recordar también el temor que sentía como reflejo del abatimiento que le comunicaba ella con sus miradas de animal de zoológico, medio aletargadas por los medicamentos y resignadas a no abandonar su sopor. Podría recordar también cómo al mirarla esa mañana no conseguía quitarse de la cabeza un pasaje de Onetti en el que comparaba uno de los pechos cortados de una mujer enferma con una medusa lánguida en una bandeja, y podría confesarse que no había imaginado nunca que una metáfora pudiera producir dolor auténtico, dolor físico y un ahogo intenso, igual que un golpe en el diafragma. Pero prefiere hacer como que no se acuerda de todo eso al mirar la fotografía; prefiere pensar que aquella mañana el sol todavía invernal calentaba a pesar del viento del norte y que Aroha volvía a tener el pelo casi tan bonito como antes, casi tan tupido y sedoso, casi.

No sabe por qué se empeñó él en que subieran a la parte superior de la muralla, hasta los matacanes, un nombre técnico que no tendría por qué haber aprendido nunca y ahora querría olvidar; pero le es imposible desaprenderlo, igual que todo lo demás. Prefiere no recordar tampoco la reticencia de Aroha a ascender por los irregulares escalones de piedra vieja, a enfilar el estrecho pasaje que bordeaba la edificación, asomándose a la barbacana —otro tecnicismo doloroso en su inutilidad— y a un foso en el que ya no había agua, si es que alguna vez la hubo. Procura no acordarse de lo leve que le parecía su figura mientras subía las escaleras unos pasos por delante de él, lo terriblemente débiles que se veían sus formas antes más sólidas, más ágiles, más llenas de vida, en suma. Se esfuerza por no pensar una y otra vez en cómo adelantó los dos brazos para cogerla por las caderas y ayudarla en el ascenso, medio en broma, aunque ambos cayeron de inmediato en la cuenta de que era algo necesario, porque a ella ya no le quedaban apenas fuerzas.

Intenta no recordar todo eso pero sus esfuerzos no hacen sino cimentar los recuerdos, abrir nuevas ramificaciones, añadir matices que quizá no tenían en un primer momento; eso ya es imposible saberlo con seguridad.

Sea como fuere, en ocasiones mira la foto y de súbito —una vez más, como en tantos otros arrebatos de entusiasmo en vano— se siente capaz de cambiarla, de introducir el brazo derecho en la instantánea y retocarla y corregir su vida y la de ella. Así lo hace mientras mira la imagen: alarga el brazo calculando la perspectiva exacta por donde habría entrado si lo hubiera estirado en aquel preciso momento, el instante crítico en el que Aroha se apoyó en el antepecho de piedra desprotegida, su gesto de cansancio tan absoluto que cada vez le cuesta más trabajo obligarse a creer que no intuyó nada en los días precedentes, esa mañana, en los minutos previos, al menos.

Pero igual que ahora no quiere recordar, entonces no quería dar crédito a lo que todos los indicios apuntaban: la cercanía de la despedida, las ganas de marcharse, el duelo ya iniciado.

A veces mira la fotografía y le parece una lápida en miniatura, un túmulo, un diminuto monumento a lo que no llegó a ser. Y esta vez, porque a veces las cosas caen por su propio peso, como caen al mar las piedras de los acantilados, sin que nadie ni nada las empuje, ve también un final, algo que quienes entienden denominan «clausura». Algo, un matiz inadvertido hasta entonces, le hace llegar a la conclusión —el término, el final de algo— y también alcanzar la conclusión —la consecuencia, la decisión por fin— de que ya ha visto todo lo que tenía que ver en esa imagen, todo lo que cabía extraer de ella, y puesto que nadie más la ha visto ni necesita verla, decide que tomará una copia, y luego otra, e irá despedazándolas, sin prisa, sin saña, como se lustran las botas antes de empezar un largo viaje a pie. Sabe que deshacerse de esa foto es deshacerse de sí mismo y de todo lo que fue hasta ese momento, y todo lo que ha venido siendo después, pero sabe también que nunca podrá ser nada más si no suelta el lastre que es la imagen de esa caída.

El aleteo de los mechones de pelo, el hombro escorzado, la sonrisa ya ausente. Los mira por separado y en conjunto, y entonces entiende por fin. Ya ni siquiera tiene que elegir, porque fue Aroha la que eligió por él, la que escogió el instante de la certeza plena para marcharse.

También éste es un buen momento, entiende, para cejar en la lucha, para abandonar aquella realidad enmarcada y dejar de rescatar la misma imagen repetida hasta el infinito. Es un buen momento, entiende, para sacar la fotografía en todas sus variantes de tamaño y exposición e ir rompiéndolas como una sola en pedazos, para así hacer trizas de una vez por todas lo que pudo haber hecho pero no hizo en el momento crítico, para aceptar como justo y necesario el instante que casi captó.

Lo entiende, sí, y toma la decisión de romper las fotos y romper ataduras, de soltar lastre y quemar puentes, pero todo eso no son sino expresiones vacías, huecas de significado, porque cuando intenta empezar a rasgar la primera fotografía, sus dedos no responden. Su mano izquierda, no obstante, vuelve a intentar adentrarse en la imagen para coger a Aroha en el último momento, ese que no debió haber permitido que ocurriera cuando ocurrió.

Tal como ha tomado la firme decisión de eliminar la imagen de la despedida final, la olvida. No la pospone ni la arrumba, sino que la olvida del todo, como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza, donde ahora, igual que hasta poco antes, solo hay espacio para el pesar de no haber sabido pasar a la acción cuando debería haberlo hecho, de no haber acertado a apresar aquello que estaba a punto de escapársele.

Cae la luz de una lámpara sobre la fotografía de una mujer a punto de remontar el vuelo, y el hombre que la sostiene, eliminada cualquier otra opción, se resigna a continuar mirándola, a seguir acercándose a ella, a punto de cogerla, sin llegar a alcanzarla, a escasos centímetros, a una distancia casi verosímil, casi salvable, si sigue contemplándola un poco más.