martes, 16 de julio de 2013

Al final, Libros del Arga


¿Se puede escribir una novela sobre los Sanfermines que huya de tópicos, ponga en tela de juicio tradiciones ancestrales y condene lacras actuales como la violencia de género? Pues sí. Pese a lo que a unos pocos dieron por supuesto sin leer una sola línea de Ya falta menos para ayer, es posible hacerlo.
El experimento de la publicación en la red de esta novela ha sido toda una aventura de más de seis meses. Desde que empezamos a dar voces el 1 de enero, nos hemos encontrado con numerosas dificultades y contratiempos inusitados. ¿Quién iba a decirnos que el día en que quedamos con los medios de comunicación a orillas del Arga para presentar la novela en Pamplona el río se desbordaría anegando parte de la ciudad? ¿Quién iba a imaginar que una más que justificada campaña contra las agresiones sexuales en Pamplona teñiría los Sanfermines de este año de color vergüenza? ¿Cómo anticipar que algunos darían por sentado que una novela sobre las fiestas de San Fermín sólo podía abordarse desde la apología de la tauromaquia?
Pese a todo, ha habido una respuesta sólida y la novela ha alcanzado lugares adonde no hubiéramos creído posible llegar con la capacidad de acción de un sello nuevo y minúsculo. Hay quienes han leído, y entendido y valorado, e incluso quienes han sentido como algo muy suyo lo que se cuenta en Ya falta menos para ayer.
Eso es justificación más que suficiente para ésta o cualquier otra novela.
Tras más de medio año agotador, volveríamos a hacer todo el trabajo cuantas veces fuera necesario para llegar a aquellos que han apreciado el esfuerzo.
¡Gracias a todos de parte de Libros del Arga!

miércoles, 10 de abril de 2013

Callejero emboscado


Seguramente sólo así se puede ejercer la poesía ahora, desde la distancia y el aislamiento más radicales. Daniel Aguirre encarna la figura del poeta emboscado como pocos en la actualidad. En tiempos de premios amañados, colectivos de ayuda mutua y poesía liviana y accesible, Aguirre opta por la esencia con una obra lenta, acendrada y sin concesiones.
En la década transcurrida entre la publicación en Lumen de Del fondo de la piel hasta la aparición de sombra de emboscado y Así extravíe el callejero en Amargord, Aguirre nos ha brindado traducciones canónicas de poetas como John Ashbery, Wallace Stevens o W.B. Yeats que sin duda han ido dejando poso en sus propios poemas.
La espera ha merecido la pena.




Cuento


mis pasos 
 
agrandaron la huella de los lobos



                             ARNALDO CALVEYRA


 
 
 
Se extravió en humedal de anónima manada,

especie que lamía sin testigos

amanecer o sangre

circular. Entre la risa

distinguía el trago helado,

intemperie llamó al chico la nodriza.

Y si es atajo

todo el bosque, quién correrá

del escondite al árbol.

Se extravió veloz, canto en quebrada.

Qué esfuerzo de la curva

por ir jugando, por ir

sorteando rastro aún. Si tan sólo llegaba

el chico al sesgo,

ceguera de su padre desvelado.

Y si es atajo

todo el bosque, quién correrá

del escondite al árbol.

Como quien corre nuevo

monte, se extravió: y aquella brisa

de lobo a la escucha. Tanta sombra

devoraba su roca

que cumplió cómplices atardecer y tarde.


Y si es atajo


todo el bosque, quién correrá


del escondite al árbol.



           Daniel Aguirre, sombra de emboscado


miércoles, 20 de marzo de 2013

La bruma de la adolescencia

Ya falta menos para ayer o la bruma de la adolescencia.
Una reseña de Mercè Sàrrias para "Núvol, el digital de cultura".


La adolescencia es para muchos una experiencia de adentrarse en la bruma espesa de los sentimientos no expresados, de las relaciones complicadas y las dobles vidas, de cosas que no se ceuntan y de experimentación con el peligro. Una edad convulsa y confusa, de autodefinición y de inseguridad, donde somos más débiles y más fuertesnos creemos. Como mínimo, lo fue para muchos que la vivimos en los años ochenta, pero creo también lo es para los de otras generaciones, algumas más o menos tocadas por la droga, otras más politizadas, y estas últimas, definitivamente más protegidas pero igual de divagantes.
Una época en la que se trazan los límites de lo que será uno después y donde también se rompen trayectorias de una vez por todas. Tiempos en los que parece que el azar juegue una carta muy importante, aunque después, tal vez, nos paremos a pensar y decidamos que todo tiene una cierta lógica que venía de lejos, de todos estos años cuando aún no eran adolescentes, que nos empujaron poco a poco disimuladamente en aquella dirección.
Es en esta bruma de la adolescencia donde se adrenta Eduardo Iriarte...
[Seguir leyendo... http://www.nuvol.com/critica/ya-falta-menos-para-ayer-o-la-boira-de-ladolescencia/]

miércoles, 6 de marzo de 2013

Pamplona revisitada

Eduardo Iriarte revisita la Pamplona de los años 80 en su novela "más personal"

El escritor navarro apuesta por una visión nada tópica de los Sanfermines

Drogas, terrorismo y represión se dan cita en esta historia publicada en formato digital en Libros del Arga.
Ana Oliveira Lizarribar
Diario de Noticias


La mañana del 14 de julio de 1985 apareció a los pies del mirador de la Media Luna el cadáver de la joven de 15 años Clara Esparza. Treinta años después, Dimas, su hermano, vuelve a Pamplona para rastrear los últimos días de su hermana y averiguar qué ocurrió en realidad durante aquellas fiestas de San Fermín que acabaron en tragedia. Este es el planteamiento de Ya falta menos para ayer, la novela "más personal" del escritor navarro Eduardo Iriarte, que, con la excusa argumental de resolver un misterio del pasado, retrata una ciudad convulsa marcada por la droga, la violencia terrorista y la represión policial.
El libro salió a la venta el pasado lunes en formato digital a través del sello Libros del Arga, creado entre Iriarte y un grupo de colaboradores para editar online todas las novelas que ha publicado hasta la fecha en editoriales convencionales, dominando, así, todo el proceso. Precisamente, la posibilidad de controlar todos los detalles ha sido una de las razones por las que el escritor pamplonés ha editado Ya falta menos para ayer directamente de este modo. "No es un libro autobiográfico, pero sí muy personal, así que quería hacerlo todo exactamente como lo había pensado", dice. Además, junto a la novela, el autor ha creado un blog en el que irá introduciendo fotografías de aquellos Sanfermines o de temas relacionados con el argumento, y pronto colgará en Spotify las canciones que van apareciendo en el relato y que en algunos casos juegan "un papel decisivo en la resolución de la trama".

Tiempo de violencia
Esta historia nace, pues, envuelta en muchos elementos que demuestran la necesidad que tenía Iriarte de hablar de aquellos años.
[Seguir leyendo... http://www.noticiasdenavarra.com/2013/03/06/ocio-y-cultura/cultura/eduardo-iriarte-revisita-la-pamplona-de-los-anos-80-en-su-novela-mas-personal]

sábado, 2 de marzo de 2013

Allá vamos...



Ya falta menos para ayer es una novela generacional en clave de misterio que transcurre durante los Sanfermines.

El 1 de enero activamos el blog de la novela.

El 2 de febrero presentamos el perfil en Facebook de Libros del Arga.

Hoy 3 de marzo sale a la venta.

Reservamos otras sorpresas para los próximos meses…

Felices lecturas.

Ya falta menos para ayer está disponible en Amazon, Smashwords y otras plataformas digitales.

lunes, 25 de febrero de 2013

Hijos de Babel

Patricio Pron tuvo la gentileza de presentar este libro en Madrid y de publicar en su blog una generosa reseña.


"A menudo ignorados, y en ocasiones traicionados por sus empleadores al tiempo que se los acusa a ellos mismos de traición, los traductores son mis héroes culturales. Aprendí a leer con ellos, descubrí autores gracias a ellos y recientemente comencé a descubrir lo que se siente ser uno de ellos traduciendo yo mismo algunos libros y también siendo traducido. Alguna vez (aquí y aquí) escribí también sobre ellos, pero esto tiene mucha menos importancia para mí que las oportunidades (siempre más escasas de lo deseable) en que los escuché o los leí hablando de su oficio, esa actividad misteriosa que consiste en traicionar un texto para serle fiel.

Un libro reciente, Hijos de Babel, permite al lector volver a pensar cuestiones tales como la traición, la recreación y la apropiación de los textos en otros idiomas. El libro reúne los testimonios de catorce traductores españoles: Juan Arnau, Marina Bornas, Paula Caballero, Rafael Carpintero, Mercedes Cebrián, Xavier Farré, Eduardo Iriarte, Martín López-Vega, Eduardo Moga, David Paradela, Amelia Pérez de Villar, Pablo Sanguinetti, Lucía Sesma y Berta Vías Mahou. Muy posiblemente sus nombres no digan demasiado al lector (excepto, por supuesto, los de Cebrián, Pérez de Villar, Farré, Moga, Iriarte, Arnau, López-Vega, Sanguinetti y Vías Mahou, que son narradores y poetas además de traductores), pero su importancia puede equipararse a la de los autores que han traducido, y que no existirían (o existirían de otro modo, quizás menos interesante) sin ellos: Orhan Pamuk, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Joseph Roth, Gabriele D'Annunzio, Curzio Malaparte, Hiromi Kawakami, Henry James, Gore Vidal, Charles Bukowski, Zbigniew Herbert, Eugénio de Andrade."

[Seguir leyendo... http://www.elboomeran.com/blog/539/patricio-pron/]

domingo, 17 de febrero de 2013

Safaris inolvidables

Confieso que, a mi pesar, no soy lector de cuentos.
No es que crea que un buen libro de relatos no está a la altura de una buena novela; nada de eso. Lo que ocurre es que la brevedad del relato me deja por lo general un regusto amargo, como cuando se invierte demasiado afecto en una relación efímera. Esta semana, no obstante, he leído dos libros de relatos que me han hecho replantearme esta premisa. El primero era Demasiada felicidad, de Alice Munro. El segundo, Safaris inolvidables. Ambos son excelentes colecciones de cuentos, pero con este último no tenido en absoluto esa sensación amarga de la que hablo, y no la he tenido porque los relatos están tan bien trabados, tienen una estructura tan perfecta, que forman un microcosmos tan sólido y perdurable como el de una narración de mucho más largo aliento.
Pese a su inmensa variedad de temas y escenarios, reunidos gracias a la fascinación del narrador por Google Earth, Clemot habla de personajes y estados de ánimo muy diversos, algunos casi antagónicos, pero todos subsumidos en una mirada unitaria y un motivo que cohesiona todos los relatos, así como los esbozos de historias que se apuntan dentro de los propios cuentos. Ese motivo no es otro que la memoria como herramienta y condena, como prodigio y castigo a partes iguales.
Nadie mejor que el propio Clemot para explicarlo con una de sus metáforas complejas y exactas:
«La memoria es una naviera importantísima y tiene más rutas que ninguna otra, se unen y desunen lugares como la trenza de una colegiala o la crin de un caballo, imágenes que nunca más se volverán a unir se atan y desatan, lugares azarosos, deshabitados u oscuros, costas solitarias como el mar de la Odisea; el recuerdo traza en el mar un enjambre de líneas espeso como un ovillo, como una maraña de zarzas que esconde un profundo vacío, lleno de miedos, negro y feroz como el ojo de un tuerto.»
Fernando Clemot viene teniendo la sonoridad de un clásico desde sus inicios, y con cada entrega esa sonoridad se va reafirmando, dejándonos el eco de las obras pausadas y bien hechas.
 
Más información en

sábado, 2 de febrero de 2013

2 de febrero


En vísperas

La nueva novela de Eduardo Iriarte, Ya falta menos para ayer, se publicará en Libros del Arga el próximo 3 de marzo. El pasado 1 de enero, se activó el blog de la novela y hoy, 2 de febrero, el autor nos habla de este nuevo texto, empezando por su paradójico título.
Ya falta menos para ayer es ante todo una novela generacional. Transcurre a caballo entre 1985 y la actualidad, y es por tanto un ejercicio de memoria, un salto sin red al pasado, un constante regreso a lo que el protagonista y narrador cree que ocurrió pero, paulatinamente, va descubriendo que no ocurrió, o no ocurrió como él llevaba años creyendo.

—Se habla en esta novela del recuerdo como laberinto, casi como trampa.
—Sí, y también del recuerdo como mentira piadosa para intentar que cicatricen las heridas propias de la juventud.
De todas maneras, lo que me interesaba era explorar el recuerdo como herramienta, experimentar, como experimenta el narrador, esa sensación de redescubrimiento de un lugar y una época. Cuando uno se ausenta durante mucho tiempo y luego vuelve, la riqueza de detalle que encuentra es pasmosa.
Quería que el lector tuviera, a través de los ojos del narrador, esa mirada de quien es forastero y autóctono al mismo tiempo. Y, puesto que es una novela de regreso a las raíces, una novela de crisis, quería que el lector padeciera esa incertidumbre que caracteriza la búsqueda de un personaje desubicado.

—Por edad y procedencia, las similitudes entre el protagonista y el autor son evidentes. ¿Estamos ante una novela autobiográfica?
—Creo que un autor debe recurrir a la experiencia propia y dotarla de significado con el fin, o al menos con la esperanza, de que sirva de algo al lector. Dicho esto, me parece que, si bien he recurrido a experiencias personales de mi primera juventud, no se puede hablar de un texto autobiográfico por lo que a los hechos se refiere. Mi familia, por fortuna, tiene poco que ver con la que aparece en la novela, como tampoco guardan mucho parecido las amistades que tenía en Pamplona en aquellos tiempos. En Ya falta menos para ayer se habla de los temas que me obsesionan y afloran en mis novelas: la vuelta a casa, o mejor dicho, la imposibilidad de volver, la culpa, la regeneración o la expiación de los errores cometidos, pero eso no quiere decir que los acontecimientos de la trama coincidan en absoluto con mis vivencias.
Lo que sí he procurado reflejar es el ambiente de la ciudad, los factores que influyeron en nuestra educación y nuestra manera de ser, he intentado plasmar la experiencia de ser un «chaval» en la Pamplona de aquellos años; he querido, en suma, hacer un homenaje a una época y una generación que, de resultas de la droga, la depresión u otras lacras, dejó a muchos en la cuneta.
De todos modos, en palabras Jonathan Franzen: «Las únicas páginas que merece la pena conservar son aquellas que te muestran como eres».

—La ciudad, Pamplona, tiene tanto peso en la novela que no es un telón de fondo sino que deviene un personaje más.
—Cierto. Pamplona en pleno apogeo, durante los Sanfermines. En esta historia, la ubicación se convierte en una parte activa tanto en el crimen como en su resolución, y en el transcurso de la trama se van revelando sus enigmas e idiosincrasias.
La elección de los Sanfermines como momento en que transcurre la narración no es fortuita. Estas fiestas son una de las experiencias más intensas que puede vivir un joven, y suponen además un vínculo que permite entrar en contacto a todos los personajes de la novela. De todos modos, he procurado dar una imagen de los Sanfermines alejada por completo de los tópicos, ofreciendo una visión de las fiestas desde sus márgenes, una opción que tal vez algunos no compartan. Pero es precisamente la diversidad lo que hace de los Sanfermines unas grandes fiestas.
—Hemingway ya hizo un retrato icónico de los Sanfermines en Fiesta.
—Sí. Es imposible profundizar en los Sanfermines sin hacer referencia a Hemingway porque ayudó a conformar la imagen que tenemos de ese acontecimiento. Pero Fiesta está a punto de cumplir un siglo, y al releerla sentí la necesidad de darle réplica, de hacer una revisión, una puesta al día que desterrara viejos tópicos o, por ejemplo, relegara la tauromaquia al lugar que ocupa en la verdadera vivencia de las fiestas para mi generación y las posteriores.
—Aunque Ya falta menos para ayer es una novela más «abierta», por así decirlo, que otras anteriores, se observa esa voluntad de estilo que caracteriza su escritura. Aparte del mencionado Hemingway, ¿qué más autores han influido en esta novela?
—No sé si el estilo de Hemingway ha impregnado esta novela. Supongo que siguen persiguiéndome las influencias de siempre: Ian McEwan, por ejemplo, Javier Marías o John Banville. Lo que sí tenía claro desde el principio era que quería aplicar la seriedad, la rigurosidad de la escritura británica a un tema y un escenario tan eminentemente navarros; quería adoptar una actitud respetuosa, alejada del tono burlón, a veces incluso paródico, con que muchas veces se abordan estas fiestas.

—¿Tiene que ver el tratamiento que ha hecho del problema vasco con ese afán de rigurosidad?
—Imagino que sí. Eso no fue una elección. Sencillamente vi sobre la marcha que no se podía hacer un fresco exhaustivo de Pamplona en los años ochenta sin ahondar en temas como el terrorismo, la represión y las consecuencias que ese clima tuvo a nivel personal en todos aquellos que lo vivieron.

—El protagonista llega a decir, refiriéndose a la situación política de aquellos tiempos: «Yo tomé parte activa en esa pasividad». ¿No es una confesión un tanto extrema?
Al llegar a cierto punto de la trama, vi el peso que tenía la culpa, en este caso colectiva, en los distintos personajes. Ya falta menos para ayer es una novela sobre la violencia, sobre la crueldad, ya sea en la familia, en la fiesta o en la calle, una novela sobre cómo una generación se las ingenió, con mejor o peor suerte, para asimilar esa violencia, hacerla propia y sobrellevarla.

—Cambiando de tercio, llama la atención que haya optado por publicar esta novela en formato digital.
—Esa decisión la he tomado por dos motivos esenciales. En primer lugar, puesto que se trata de una novela muy personal, y, por qué no decirlo, muy delicada, quería tener un control absoluto sobre ella: sobre el diseño y la manera de presentarla, sobre su «imagen pública», cosa que a veces no es fácil de conseguir en el seno de una editorial.
De ahí que haya surgido Libros del Arga, un sello para publicar novelas en formato digital.
Por otra parte, si con novelas anteriores aspiraba a llegar a una minoría formada sobre todo por otros escritores, con ésta lo que quiero es llegar a cuantos más lectores mejor, llegar allí donde estén, cosa que, hoy en día, es mucho más sencilla y sobre todo barata a través de la red. Además, quería dotar la novela de un soporte digital, aportando imágenes complementarias en una web y dotándola de una banda sonora para que el lector tenga una experiencia lo más parecida al recuerdo tal como lo vive el narrador, y pueda sumergirse así por completo en la trama, en ese regreso al pasado que es Ya falta menos para ayer.

         Más información en
Fotografía © Víctor P. de Óbanos
 

martes, 1 de enero de 2013

1 de enero


                                       Ya falta menos para ayer

lunes, 31 de diciembre de 2012

Faithful Place, lo mejor de Tana French

Llega la nueva novela de Tana French, Faithful Place. Traducir este libro fue una auténtica "gozada", no sólo por el estilo fluido e ingenioso sino por la tensión narrativa que es capaz de mantener esta autora.

Un plan de evasión

Un plan de evasión es la primera novela de la también poetisa Leigh Stein. Con este retrato agridulce del paso a la edad adulta Stein ha conseguido un retrato brillante de la generación "adultescente". Aunque empecé a traducirla con escepticismo, lo cierto es que fui tomando cariño al personaje protagonista, que al final me dejó huella, como ocurre con todas las buenas novelas. Leigh Stein es un autora que dará que hablar.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Nueva Cosecha Roja

Acaba de publicarse en RBA una nueva traducción de Cosecha roja, novela fundacional del género negro. La palabra "imprescindible" se utiliza muy alegremente al hablar de libros y recomendarlos, pero en este caso creo que es pertinente: nadie que se considere aficionado a este género puede pasar por alto la que a mi juicio es la obra cumbre de Hammett; nadie que aspire a escribir una novela negra puede hacerlo sin haber diseccionado antes Cosecha Roja.

martes, 9 de octubre de 2012

Normas de cortesía

Empiezan a aparecer reseñas de Normas de cortesía, una interesante primera novela de Amor Towles, como ésta de Jorge Pato García en El Imparcial.

Traducción de Eduardo Iriarte Goñi
Salamandra. Barcelona, 2012
 
Toda persona que ha visitado Nueva York reconoce de modo unánime que es una ciudad que te atrapa y te impresiona. Sus avenidas, sus edificios, su bullicio imparable. Una gran ciudad que siempre se cuela en esas conversaciones en las que se trata de encontrar una ciudad que pueda ser considerada el emblema del planeta. A pesar de que ha cambiado mucho desde los años treinta del siglo pasado, no cabe ninguna duda de que también entonces debía ser una ciudad que cautivaba a propios y extraños, que seguía siendo, a pesar de ser los años posteriores a la gran depresión del 29, un lugar donde ir a probar fortuna en busca de una nueva vida y del tan comentado sueño americano.
En ese escenario se desarrolla esta novela donde, aparentemente por el título, parece que vamos a encontrar únicamente un tratado de buen comportamiento social y refinamiento. Pero lo que realmente se oculta tras este título es una obra completa, redonda y sin duda de excepcional calidad para ser la primera de esta autora.
El día de Nochevieja y la celebérrima fiesta que se organiza ese día en Times Square es el punto de partida de una historia de amor que eleva a una joven mecanógrafa desde la gran masa de la clase media hasta las cumbres de la alta sociedad neoyorquina. Este ascenso implica una nueva forma de vida, nuevas amistades, concesiones que en otros momentos podían parecer impensables y, como consecuencia de esto último, aprender a valorar ciertas elementos de la vida y a establecer una escala de valores que puede que sea diametralmente opuesta a la del resto de personas con las que se codea en la “high society” de Nueva York.
Sin duda, el mejor maridaje entre el título de la novela y lo que en ella se relata es la delicada descripción de las formas y maneras en las relaciones sociales. La importancia de los ecos de sociedad de la prensa de la época, la caballerosidad que más de una mujer añora en la actualidad y así un largo etcétera. Una sociedad mucho más reglada en sus relaciones y más encorsetada, algo impensable en este siglo XXI de redes sociales y comunicación instantánea, y a veces irreflexiva, que nos acompaña a cada paso en la palma de la mano.
[Leer más... http://www.elimparcial.es/libros/amor-towles-normas-de-cortesia-112262.html]

sábado, 4 de agosto de 2012

Un año con Gore Vidal

A principios de siglo dediqué un año entero a la edición de una antología de los ensayos de Gore Vidal y tuve la buena fortuna de encontrarme con uno de los pensadores más lúcidos de los últimos tiempos. Ahora, con motivo de la muerte del autor norteamericano, vuelvo sobre el prólogo que escribí para aquel volumen publicado por Edhasa y titulado Ensayos 1952-2001.


La melancolía del francotirador
Comienza la agitada década de los cuarenta del siglo pasado y en la exclusiva Phillips Exeter Academy, en Nueva Inglaterra, un maestro furibundo entra en la sala de profesores dando un portazo. Antes de que nadie tenga oportunidad de dirigirle saludo alguno, exclama: “I wish I were a bull!” [¡Ojalá fuera toro!]. Ante la sorpresa de sus colegas y la pregunta “¿A qué viene eso?”, implícita en su silencio, se explica: “So I could gore Vidal” [Para poder cornear a Vidal].
Esta anécdota —inevitablemente mermada en su trasvase al castellano—, a la que Gore Vidal hace alusión en su libro de carácter autobiográfico Una memoria, constituye un buen ejemplo del efecto que ha causado y sigue causando Gore Vidal, ya sea en críticos literarios de renombre, entrevistadores impetuosos o figuras de la política. Por un lado, desazona y asaetea a su “víctima” hasta sacarla de quicio, pero, por otro, provoca en ella la reflexión, aguza su ingenio y le hace sacar lo mejor —o lo peor— de sí, aunque sólo sea para intentar ponerse a la altura de su atacante a la hora de responderle.
[Leer más...

domingo, 22 de julio de 2012

Jhumpa Lahiri por Carlos Boyero

Carlos Boyero dedica uno de los artículos más elogiosos que he leído últimamente acerca de un libro a Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri, una de las traducciones que más alegrías me han dado.


Miro la preciosa cara de Jhumpa Lahiri sabiendo que ella es la protagonista de esos relatos que acaban formando la estructura de una novela. Hablando de personajes, recuerdos y sensaciones en los que nos podemos identificar los lectores de cualquier parte, aunque sus protagonistas sean familias indias establecidas en Estados Unidos. Historias entre padres e hijos, hermanos y hermanas, maridos y esposas, encuentros y desencuentros, lo que se expresa y lo que se calla, amores desgastados o vividos en silencio, tradiciones y rebeldía, secretos y rituales, experiencias de infancia y de adolescencia que marcarán la vida futura y la necesidad de afirmarse en una identidad, encrucijadas morales y sueños rotos. Jhumpa Lahiri describe todo esto con una escritura que parece sencilla y es deslumbrante, hablando con enorme complejidad de los sentimientos, explicando las razones de todos para ser como son y actuar como actúan, estimulando el cerebro del receptor y tocándole el corazón, creando auténtico lirismo con la forma menos rebuscada. Y te da mucha pena que este libro se acabe. Y deja poso. Y sabes que dentro de un tiempo volverás a reencontrarte con él. Y que vas a buscar todo lo que lleve la firma de esta maravillosa escritora.

[Leer más... http://cultura.elpais.com/cultura/2012/07/18/actualidad/1342606872_387937.html]

martes, 19 de junio de 2012

Un manjar perfecto

El libro de la sal
Monique Truong
Salamandra
Trad. de Eduardo Iriarte

La revista Mercurio publica un muy acertado artículo de Marta Sanz sobre este libro.

Los gourmets son capaces de reconocer el sabor de un plato elaborado. Detectan en el paladar la reminiscencia acre de la nuez moscada. Del mismo modo, un lector avezado que sepa que no se puede ser sensualista sin ser intelectual --y viceversa-- transforma la lectura en degustación. Para ese lector, El libro de la sal constituye un manjar perfecto.

[Leer más http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:sRv45yAj3KAJ:www.quiosconline.com/wp-content/uploads/2012/06/mercurio_141.pdf+&cd=27&hl=es&ct=clnk&gl=es]

martes, 29 de mayo de 2012

En ausencia de Aroha

"En ausencia de Aroha",
un relato publicado en la antología
Paraguas para el diluvio
Paralelo Sur, 2012


Aunque es Aroha la que casi aparece en la imagen, no es una fotografía solo de ella, sino también de sí mismo. La instantánea no es una fijación en el tiempo de quien fue su pareja, sino de lo que sintió él en aquel preciso instante, de lo que —con mayor o menor intensidad, dependiendo de su estado de ánimo, o del tiempo transcurrido desde que la miró por última vez— siente cada vez que la contempla, siempre fijamente, siempre adentrándose poco a poco en la escena, casi imperceptiblemente, como si su mera fuerza de voluntad fuese a permitirle cambiar la fotografía, y como resultado alterar aquel paseo, aquel día, aquel momento, y por ende trastocar su vida entera a partir del punto de inflexión, el momento exacto, el instante crítico.

Para imaginar lo que siente cada vez que mira la imagen, o incluso cada vez que la ve sin necesidad de mirarla, porque la tiene grabada en la memoria con una nitidez que a veces desdibuja la realidad misma, hay que saber lo que refleja la imagen impresa, pues la tiene impresa en infinidad de copias de diferente tamaño, textura y grano, todas guardadas, eso sí, en el mismo cajón, del que a veces salen, siempre de una en una, por separado, para luego regresar, más vistas, inspeccionadas de nuevo, imperceptiblemente más desgastadas por su mirada.

Para hacerse una idea siquiera remota de lo que nota él en las entrañas cada vez que se asoma a esa fotografía en cualquiera de sus variantes hay que intentar representarse esa imagen que nadie nunca verá; nadie salvo él. A sus ojos, y a los ojos de nadie salvo los suyos propios, esa instantánea es la imagen apenas viva de una ausencia. Es un retrato, de eso no cabe duda, porque Aroha está; velada, fuera de foco, presente apenas, pero está. El centro de la imagen, lo que de verdad se ve —o se vería, si alguien aparte de él tuviera acceso a la foto— lo ocupa la parte superior de la muralla de una fortaleza medieval que huye hacia el punto de fuga de una almena medio derruida. Puesto que la foto está tomada desde la muralla misma, no se alcanza a ver el otro extremo, el punto de partida de las almenas que alguna vez coronaron la antigua construcción hace mucho tiempo ya derrumbada, y luego reconstruida, y luego precariamente preservada. El estrecho corredor que bordea la muralla se ve —o se vería, si alguien, quien fuera, tuviera acceso a la foto— desocupado, violentamente vacío. Eso no es más que el efecto que causa en su mirada incasable —la única que se ha posado o llegará a posarse sobre esa imagen— la figura que acaba de salir de cuadro por entre los dientes mellados de la muralla para no volver a entrar. Al fondo se ve un cielo sin nubes, pero tampoco azul, sino más bien de un gris indefinido, como las montañas que se esconden tímidas detrás de la fortaleza, pero eso no es más que atrezzo, burdo telón de fondo. Lo que de verdad atrae la mirada son unos mechones de pelo agitados por el viento casi inexistente provocado por el salto en el instante de darlo; el fantasma de una media sonrisa ausente en el momento preciso de ausentarse del todo; el roce de la ropa contra la piedra desbastada por el tiempo y la lluvia antes de oírse un silencio sorprendente en su placidez, como si ese silencio no encerrara más que calma, cuando en realidad alberga todo el caos que es capaz de imaginar. Porque además de ver a Aroha en su ausencia inminente y verse a sí mismo en su quietud, también la oye y se oye en aquel instante crítico que podría no haberlo sido, que aún podría cambiar si consiguiera —a fuerza de mirar la fotografía, de introducirse poco a poco en ella como en un tiempo y un espacio inalcanzables— alargar el brazo y sujetarla, o hacer cualquier otro gesto, por nimio que fuera, a fin de alterar lo que estaba siendo y abortar lo que acabó por ser, en aquel instante, y también después, y ahora, y por siempre más.

A veces le parece imposible que puedan verse tantas cosas mirando exactamente los mismos centímetros cuadrados de papel mate. La muralla en fuga, el cuerpo de Aroha a punto de huir igualmente, pero también aquel día, cerca del inicio de la primavera, el primero después de meses de hospitales y médicos y salas de espera; de operaciones y postoperatorios y convalecencias seguidas de más salas de espera: de perpetuación de la espera como fin en sí misma. Había conseguido sacarla de su encierro para ir a ver unas ruinas medievales a las afueras de la ciudad, un monumento que siempre había estado allí pero nunca se habían molestado en visitar juntos como paseantes despreocupados. Aquella mañana hubo conversaciones y sonrisas, muchas más de las que habían compartido en las últimas semanas, en los meses precedentes de inquietud e incertidumbre respecto de su salud. Comieron y rieron casi, y sobre todo observaron a los turistas, ajenos a su interés desmedido, entretenidos en menudencias que ellos no eran capaces de compartir.

Él recuerda así el último día, pero lo hace solo porque quiere, pues también podría recordar sus esfuerzos, desmedidos, desesperados, por espantar los silencios que se cernían sobre Aroha y la rodeaban como pájaros de mal agüero dispuestos a arrancarle los pensamientos a golpes de pico. Y podría recordar también el temor que sentía como reflejo del abatimiento que le comunicaba ella con sus miradas de animal de zoológico, medio aletargadas por los medicamentos y resignadas a no abandonar su sopor. Podría recordar también cómo al mirarla esa mañana no conseguía quitarse de la cabeza un pasaje de Onetti en el que comparaba uno de los pechos cortados de una mujer enferma con una medusa lánguida en una bandeja, y podría confesarse que no había imaginado nunca que una metáfora pudiera producir dolor auténtico, dolor físico y un ahogo intenso, igual que un golpe en el diafragma. Pero prefiere hacer como que no se acuerda de todo eso al mirar la fotografía; prefiere pensar que aquella mañana el sol todavía invernal calentaba a pesar del viento del norte y que Aroha volvía a tener el pelo casi tan bonito como antes, casi tan tupido y sedoso, casi.

No sabe por qué se empeñó él en que subieran a la parte superior de la muralla, hasta los matacanes, un nombre técnico que no tendría por qué haber aprendido nunca y ahora querría olvidar; pero le es imposible desaprenderlo, igual que todo lo demás. Prefiere no recordar tampoco la reticencia de Aroha a ascender por los irregulares escalones de piedra vieja, a enfilar el estrecho pasaje que bordeaba la edificación, asomándose a la barbacana —otro tecnicismo doloroso en su inutilidad— y a un foso en el que ya no había agua, si es que alguna vez la hubo. Procura no acordarse de lo leve que le parecía su figura mientras subía las escaleras unos pasos por delante de él, lo terriblemente débiles que se veían sus formas antes más sólidas, más ágiles, más llenas de vida, en suma. Se esfuerza por no pensar una y otra vez en cómo adelantó los dos brazos para cogerla por las caderas y ayudarla en el ascenso, medio en broma, aunque ambos cayeron de inmediato en la cuenta de que era algo necesario, porque a ella ya no le quedaban apenas fuerzas.

Intenta no recordar todo eso pero sus esfuerzos no hacen sino cimentar los recuerdos, abrir nuevas ramificaciones, añadir matices que quizá no tenían en un primer momento; eso ya es imposible saberlo con seguridad.

Sea como fuere, en ocasiones mira la foto y de súbito —una vez más, como en tantos otros arrebatos de entusiasmo en vano— se siente capaz de cambiarla, de introducir el brazo derecho en la instantánea y retocarla y corregir su vida y la de ella. Así lo hace mientras mira la imagen: alarga el brazo calculando la perspectiva exacta por donde habría entrado si lo hubiera estirado en aquel preciso momento, el instante crítico en el que Aroha se apoyó en el antepecho de piedra desprotegida, su gesto de cansancio tan absoluto que cada vez le cuesta más trabajo obligarse a creer que no intuyó nada en los días precedentes, esa mañana, en los minutos previos, al menos.

Pero igual que ahora no quiere recordar, entonces no quería dar crédito a lo que todos los indicios apuntaban: la cercanía de la despedida, las ganas de marcharse, el duelo ya iniciado.

A veces mira la fotografía y le parece una lápida en miniatura, un túmulo, un diminuto monumento a lo que no llegó a ser. Y esta vez, porque a veces las cosas caen por su propio peso, como caen al mar las piedras de los acantilados, sin que nadie ni nada las empuje, ve también un final, algo que quienes entienden denominan «clausura». Algo, un matiz inadvertido hasta entonces, le hace llegar a la conclusión —el término, el final de algo— y también alcanzar la conclusión —la consecuencia, la decisión por fin— de que ya ha visto todo lo que tenía que ver en esa imagen, todo lo que cabía extraer de ella, y puesto que nadie más la ha visto ni necesita verla, decide que tomará una copia, y luego otra, e irá despedazándolas, sin prisa, sin saña, como se lustran las botas antes de empezar un largo viaje a pie. Sabe que deshacerse de esa foto es deshacerse de sí mismo y de todo lo que fue hasta ese momento, y todo lo que ha venido siendo después, pero sabe también que nunca podrá ser nada más si no suelta el lastre que es la imagen de esa caída.

El aleteo de los mechones de pelo, el hombro escorzado, la sonrisa ya ausente. Los mira por separado y en conjunto, y entonces entiende por fin. Ya ni siquiera tiene que elegir, porque fue Aroha la que eligió por él, la que escogió el instante de la certeza plena para marcharse.

También éste es un buen momento, entiende, para cejar en la lucha, para abandonar aquella realidad enmarcada y dejar de rescatar la misma imagen repetida hasta el infinito. Es un buen momento, entiende, para sacar la fotografía en todas sus variantes de tamaño y exposición e ir rompiéndolas como una sola en pedazos, para así hacer trizas de una vez por todas lo que pudo haber hecho pero no hizo en el momento crítico, para aceptar como justo y necesario el instante que casi captó.

Lo entiende, sí, y toma la decisión de romper las fotos y romper ataduras, de soltar lastre y quemar puentes, pero todo eso no son sino expresiones vacías, huecas de significado, porque cuando intenta empezar a rasgar la primera fotografía, sus dedos no responden. Su mano izquierda, no obstante, vuelve a intentar adentrarse en la imagen para coger a Aroha en el último momento, ese que no debió haber permitido que ocurriera cuando ocurrió.

Tal como ha tomado la firme decisión de eliminar la imagen de la despedida final, la olvida. No la pospone ni la arrumba, sino que la olvida del todo, como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza, donde ahora, igual que hasta poco antes, solo hay espacio para el pesar de no haber sabido pasar a la acción cuando debería haberlo hecho, de no haber acertado a apresar aquello que estaba a punto de escapársele.

Cae la luz de una lámpara sobre la fotografía de una mujer a punto de remontar el vuelo, y el hombre que la sostiene, eliminada cualquier otra opción, se resigna a continuar mirándola, a seguir acercándose a ella, a punto de cogerla, sin llegar a alcanzarla, a escasos centímetros, a una distancia casi verosímil, casi salvable, si sigue contemplándola un poco más.


miércoles, 14 de marzo de 2012

Hisham Matar


Javier Valenzuela publicó en El País un interesante perfil de Hisham Matar,
autor de Historia de una desparición.

El sol se ha abierto un hueco entre los lóbregos nubarrones del invierno londinense y derrama algo de luz y calor sobre la terraza del Holland Park Café. Las jóvenes señoras que constituyen el grueso de la clientela —con sus hijos, con sus perros o con sus hijos y sus perros a la vez— lo celebran con leves murmullos. Surgiendo de un sendero que discurre entre árboles desnudos y acometidos por la yedra, se acerca al café un hombre cubierto con un gorrito de lana grisáceo y un chaquetón igualmente anodino. Una ardilla lo esquiva mientras el rostro del hombre —redondeado, oscuro, cruzado por unas gafas— se va precisando. Debe ser Hisham Matar.
El hombre se presenta —parece tímido y cordial— y va a buscar un capuchino al interior del local. Es, en efecto, Hisham Matar, del que Salamandra publica en España su segunda novela, Historia de una desaparición (Anatomy of a disappeareance en la versión original inglesa). El libro cuenta en primera persona la historia de Nuri, un joven obsesionado con la desaparición de su padre, un aristócrata de ideas democráticas secuestrado por los esbirros de un innominado régimen totalitario árabe.El periodista que le esperaba en Holland Park Café sabe que a Matar le gustaría que su novela fuera leída como eso, como una novela, con independencia de la personalidad del autor y de lo que le pasó a su padre; le encantaría que el lector la abordara “tan solo a partir de sus propias memorias, emociones y pasiones”. Pero el propio Matar es consciente de que ahora le resulta imposible encontrar semejante “lector platónico”.“Intento conseguir el máximo impacto con el menor número de palabras”.
Ahora no hay modo de evitar conocer de antemano que el padre del novelista, el opositor libio Jabalia Matar, fue secuestrado en 1990 por sayones del coronel Gadafi en El Cairo, donde vivía exiliado con su familia, y trasladado a la siniestra prisión libia de Abu Selim, sin que desde entonces haya dado otras muestras de vida que alguna que otra carta que, al comienzo de su cautiverio, logró hacer llegar al exterior. Y sin embargo, Historia de una desaparición es una muy buena novela en sí misma: es corta, con la distancia exacta para contar lo que quiere contar, y está escrita con una prosa elegante que ha sido comparada por algunos críticos anglosajones con la de Nabokov.